jueves, septiembre 21, 2017

TALTAL 1938

Taltal.


El Padre Juan relata: Nosotros, los primeros misioneros, partimos de Holanda siendo un solo grupo. Una vez llegados  a Chile nos dividimos  en dos grupos: El primer grupo abandonó  el barco en Antofagasta, los demás prosiguieron  viaje hasta Valparaíso.
Los padres que habían sido destinados  para Taltal permanecieron  como una semana  alojados en casa del obispado de Antofagasta. A continuación se trasladaron  a Taltal, acompañados del Obispo. Este último se quedó durante una semana con ellos  para presentarlos a los feligreses y de hacer más fácil la adaptación  
Durante  los años en que los padres permanecieron en Taltal yo nunca estuve allí. Más tarde pasé por allí 4 veces con ocasión de dos visitas a Antofagasta que hice en las vacaciones, cuando nuestros padres tuvieron a su cargo la atención de la parroquia de San Francisco en aquella ciudad. Cada viaje lo hice con le empresa Andes Mar Bus, que fue la única empresa de buses que en aquel tiempo atendía el Norte de Chile. El Camino Panamericano (carretera grande de Norte al Sur) todavía no existía y  la ruta pasaba  necesariamente por Taltal tanto de ida como de vuelta. La primera vez tuve que viajar desde Copiapó pasando por Inca de Oro y Pueblo Hundido, más allá de Taltal por el  camino montañoso de Paposo.
La segunda vez, ya estaba terminada una parte de la Panamericana, pero el ruta siguió  todavía por Taltal.

Taltal es una pequeña ciudad ubicado al borde del mar. En el tiempo que llegaron nuestros padres era un puerto importante de unos ocho mil habitantes. Después se redujo este número, porque  la ciudad como puerto decreció considerablemente en importancia.
Taltal se ubica en la boca de un lecho de río “prehistórico”, que baja hasta  el mar desde el altiplano por una distancia de más de dos mil kilómetros. En el curso de muchos siglos se formó por causa de aluviones y sedimentos en la boca del río una planicie,  sobre la cual se levantó la ciudad de Taltal. Al lado poniente el lugar está bordeado  por el mar y  al otro lado por muros altísimos de montañas áridas como es el caso en todo el norte de Chile. En los años que nuestros padres trabajaban allí, sucedió una vez  que el agua proveniente de una lluvia excesiva en tierras del interior buscó su camino de salida  hacia el mar a través del lecho viejo y seco, y generó tanta fuerza, que alcanzó a derrumbar un conjunto entero de casas.

Tal como es el caso en todas ciudades grandes y pequeñas, siempre ellas cuentan con una plaza central, donde se ubican habitualmente los edificios más importantes. De la misma manera Taltal también tiene su plaza  Al lado poniente se encuentran  el templo y la residencia sacerdotal,  ambos construidos de acuerdo con un estilo colonial que consiste en una larga serie de habitaciones frente a la calle, de modo que la parte edificada parece de una extensión considerable. Dentro del informe sobre Chile que recibimos con ocasión de nuestra partida por parte del Padre Dehrenbach, también estaba registrado el número de metros de la fachada al lado de la calle. Aparentemente esto había llamado mucho  la atención  al Padre.
Tal como la plaza de cada ciudad en Chile,  la de  Taltal estaba  provista de árboles,  arbustos y flores, que aparecían algo escuálidos debido a lo árido de la región. En el centro de la plaza había  una hermosa  fuente de agua de fierro,  tal como aparecen  también  en distintas  partes de Santiago. Todas las casas, incluso la iglesia, han sido construidas de madera. Esto tiene un origen histórico. Cuando en tiempos pasados los barcos .provenientes de otros continentes vinieron a Chile para retirar minerales,  trajeron por falta de carga hasta este puerto grandes cantidades de madera  que  aquí  llegaron al mercado a  precios bajos.
Tal como pasa en  casi  todas las ciudades chilenas  Taltal, según el modelo español,  está construido conformando superficies cuadrados de casas.  De esta manera se obtiene el diseño de un  tablero de juego de damas. A cada 125 metros se abre una calle.
Al interior de Taltal había un sector grande del altiplano, que perteneció a la parroquia. En estas superficies desérticas es muy difícil trazar demarcaciones  claras entre  territorios de uno y de otra parroquia. Las parroquias vecinas  eran Antofagasta a 300 KM  hacia el norte y Chañaral a 159 KM al sur. Hacia el oriente la parroquia de Taltal se extendía hasta la frontera con Argentina. En el centro de la tierra en  altura  hay una franja donde hace muchos años estuvieron  en explotación numerosas minas y junto con  cada mina vivía una población bastante numerosa. Puesto que prácticamente  toda la gente era católica,  debía ser visitada cada tanto tiempo por los padres desde Taltal. En aquel tiempo los medios de transporte eran escasos  y deficientes y hasta las pequeñas empresas de buses dejaron mucho que desear. Cuando uno después de tal  viaje volvía  a casa  estaba cubierto de un color plomo a causa del polvo que había ingresado por las hendiduras de la carrocería del vehículo. Para el transporte de los minerales corría  un pequeño tren desde las minas hasta el puerto. A veces había oportunidad  de hacer uso de él  para visitar el altiplano. Normalmente uno tenía que utilizar cada oportunidad que se ofrecía tanto para ir como para volver al interior.  Más tarde la mayoría de las minas quedaron  paralizadas, porque ya no fueron  rentables. Se habían convertido en ciudades muertas: con calles y casas  en medio del desierto que comenzaron a convertirse en ruinas en las cuales ya no vivía  nadie. Por otra parte la ciudad y la parroquia solas ya ofrecieron un número más que suficiente de actividades pastorales. Era la época de florescencia  de la Acción Católica  y existían diferentes otras entidades religiosas  que generaron  mucho movimiento en la vida de la parroquia. Después de 10 años esta parroquia fue  devuelta  y confiada otra vez a los cuidados de los sacerdotes diocesanos. La parroquia estaba ubicada demasiado lejos de todo.
En vez de Taltal  fueron aceptadas dos  parroquias, una en Tocopilla  y una en la Oficina Pedro de Valdivia, al norte de Antofagasta.
Un viaje del  Sur hacia el norte  realmente exigía mucho tiempo. El tren sobre vía estrecha demoraba varios días. Los caminos  en su totalidad estaban cubiertos con piedras  y  un grueso capa de polvo. Eran caminos de  tierra dura de desierto, que a lo largo,  a causa de camiones pesados  mostraban asperezas transversales de manera que se convirtieron en calaminas (planchas onduladas). Por eso se habla de caminos de calaminas. Viajar cabeceando en un vehículo  realmente no era una experiencia reconfortante.


En varias partes del camino había lugares que no eran libres de peligro de la vida. Cuando viajé por primera vez a Antofagasta y el bus se encaminó un pendiente fuerte de  la cuesta de Paposo,  yo estaba sentado tras de una familia  con algunos niños. Cuando llegamos casi a la sima los niños  dejaron  de ser tranquilos, pues querían ver el camión como decían.  No comprendí  porqué  apretaban sus carítas contra la ventana, pues  un camión generalmente no ofrece un espectáculo llamativo. Al final del pendiente  el  camino formó una curva  cerrada  casi como medio círculo.  A un lado  había un abismo profundo  hacia el fondo y al otro lado un muro escarpado de rocas. El camino apenas tenía el ancho de un bus. Andábamos  paso a paso. Primero uno de los conductores  salió del bus para averiguar  si viniera algún vehículo por el  otro lado de la esquina,  pues en era imposible adelantar al otro  en dirección contraria. Cuando los niños siguieron apretando  la cara contra la ventana yo  seguí su ejemplo. En la profundidad de la quebrada yacía un camión cisterna  con las  ruedas hacia arriba. Una rueda se había desprendida  y yacía  a cierta distancia  entre las rocas y arbustos. Fue una experiencia fuerte. Pensé que esto podría pasar también a este bus. En total  pasé 4 veces  por este lugar,  pero cada vez me sentía más tranquilo  una vez pasado este lugar.              (Trad. Gaspar)